MISERICORDIA Y JUSTICIA DE DIOS FRENTE A UNA FALSA MISERICORDIA.

A continuación, se presenta este estudio, cuyo propósito es fundamentar bíblicamente, con la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, los conceptos de Misericordia y de Justicia de Dios. Lo anterior, dado que el liberalismo, el modernismo y el relativismo actual que han permeado a la Iglesia católica, distorsionan o desconocen la Justicia Divina y presentan una falsa misericordia, sin considerar la Verdad, ni la Justicia de Dios.

 Las personas no versadas en las escrituras, cuando las leen, muchas veces concluyen que Dios en el Antiguo Testamento era sólo justicia. Un Dios Todopoderoso que hace temblar el Sinaí (Ex 19, 18), que abre la tierra para exterminar los rebeldes (Num 16, 1-35), un Dios de venganzas que hiere de muerte a Uzá por haber tocado con su mano el Arca de la Alianza cuando ésta se resbaló. (2 Sam 6, 1-9).

Al contrario, cuando se detienen en el Nuevo Testamento enmarcan a Dios en su misericordia y bondad y sólo se acuerdan de las bellas páginas del Evangelio en que Jesús curó leprosos, ciegos, paralíticos y perdonó a los pecadores.

En realidad, se comprende perfectamente que la contemplación de Dios misericordioso sea más agradable. Del profundo abismo de nuestras miserias ¿cuántas veces nos sentimos en el lugar del hijo que abandona al Padre para gozar los placeres del mundo? Y también ¿cuantas otras nos sentimos emocionados al recordar que después de haber caminado por senderos oscuros volvemos al Padre, confesamos nuestros pecados y nos sentimos abrazados por Él mismo? Pero el hecho de que nos agraden más estos recuerdos no justifican una visualización de Dios en una dimensión apenas: justiciero en el Antiguo Testamento y misericordioso en el Nuevo.

En el Antiguo Testamento también hay pasajes de bondad, misericordia y perdón. Del mismo modo, en el Nuevo están descritas escenas de justicia y hasta de santa cólera, no nos olvidemos de los diálogos de Jesús con los fariseos, ni, sobre todo, de las expulsiones de los mercaderes del Templo.

Qué es la misericordia?. “Misericordia viene del latín, formado de miser (miserable, desdichado) y cor, cordis (corazón). Esta palabra se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás”.

En las bellas palabras de San Agustín: “¿qué es la misericordia sino cierta compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos fuerza a socorrerlo si está en nuestra mano?”.

Dios es misericordia, se compadece de los miserables, desdichados que son los pecadores; Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta para que tenga vida. Por lo tanto, para que uno sea objeto de la misericordia de Dios es elemento necesario el arrepentimiento de sus faltas, el deseo de no volver a ofenderlo y un verdadero cambio de vida.

La misericordia en Dios, como todo en Él, es infinita, pero el pecador que se niega a reconocerlo, que no quiere abrazar las verdades que Él nos dejó y que le da la espalda con su vida, edifica por sí mismo los obstáculos para que Dios no le trate con misericordia.

Enseñanzas de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia Católica.

Dios es misericordia, pero también es justicia y en Él, estos dos atributos no se contradicen:

San Agustín de Hipona.

Dios perdona para que el pecador se corrija, no para que permanezca en la iniquidad.

No digamos: Dios siempre perdona. Hice ayer esto, y me perdonó; mañana lo haré y también me perdonará.

El Dios único, el que hizo el cielo y la tierra, cuida con justicia y misericordia de los asuntos humanos, de manera que ni la justicia cierra el camino a la misericordia, ni la misericordia es impedimento para la justicia.

No podemos desear que Dios sea misericordioso dejando de ser justo:

¿Cómo demostramos que es justo? Porque ha de llegar el día del juicio, que momentáneamente difiere, no suprime. Cuando llegue, ha de dar a cada uno según sus méritos. ¿O acaso queréis que dé a quienes se apartaron de él, lo que ha de dar a quienes volvieron a él?

Hermanos, ¿os parece justo que Judas sea colocado en el mismo lugar que está Pedro? Allí se hallaría también él, si se hubiese corregido; pero perdida la esperanza de alcanzar el perdón, prefirió atarse la soga al cuello antes que pedir clemencia al Rey.

Pío IX

En el Cielo entenderemos cuán unidas son en Dios la justicia y la misericordia a la verdad, cuando libres de estos lazos corpóreos, veamos a Dios tal como es, entenderemos ciertamente con cuán estrecho y bello nexo están unidas la misericordia y la justicia divinas. (1 Jn 3, 2)

Santo Tomás de Aquino

La misericordia divina no se extiende a aquellos que se hicieron indignos de ella. Dios, en cuanto depende de El mismo, se compadece de todos. Mas, por cuanto su misericordia se regula por el orden de su sabiduría, de aquí es que no se extiende a ciertos que se hicieron indignos de misericordia, como los demonios y los condenados que están obstinados en la maldad.

Gregorio I Magno

La dureza e impenitencia del pecador atesoran la ira de Dios. Despreciamos a Dios, y espera nuestra conversión; ve que le menospreciamos, y todavía nos vuelve a llamar.

Que ninguno de nosotros haga desprecio de su longanimidad, porque será tanto más severo en el día del juicio cuanto más haya prorrogado su paciencia antes del juicio.

De aquí que se diga por boca del Eclesiástico: “El Altísimo es paciente remunerador”. Se llama paciente remunerador, porque sufre y tolera los pecados de los hombres, y después paga según su merecido; porque castiga con mayor severidad, a aquellos que ha tolerado por más tiempo para que se conviertan.

Juan Pablo II

Al mal moral del pecado corresponde el castigo, que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente, en el que este orden es establecido por la voluntad del Creador y Supremo Legislador. De ahí deriva también una de las verdades fundamentales de la fe religiosa, basada asimismo en la revelación: o sea que:

“Dios es un juez justo, que premia el bien y castiga el mal”.

Benedicto XVI

El amor al pecador está en encontrar su recto equilibrio también mediante el castigo. Imperaba la conciencia de que la Iglesia no debía ser más Iglesia del derecho, sino Iglesia del amor, que no debía castigar.

Así, se perdió la conciencia de que el castigo puede ser un acto de amor. En ese entonces se dio también entre gente muy buena, una peculiar ofuscación del pensamiento.

Hoy tenemos que aprender de nuevo que el amor al pecador y al damnificado está en su recto equilibrio mediante un castigo al pecador aplicado de forma posible y adecuada.

En tal sentido ha habido en el pasado una transformación de la conciencia a través de la cual se ha producido un oscurecimiento del derecho y de la necesidad de castigo, en última instancia también un estrechamiento del concepto de amor, que no es, precisamente, sólo simpatía y amabilidad, sino que se encuentra en la verdad, y de la verdad forma parte también el tener que castigar a aquel que ha pecado contra el verdadero amor.

A través de los castigos Dios tiene un plan de misericordia.

Pensando en los siglos pasados, podemos ver cómo Dios sigue amándonos incluso a través de los castigos. Los designios de Dios, también cuando pasan por la prueba y el castigo, se orientan siempre a un final de misericordia y de perdón.

Juan Pablo II

Dios castiga aquellos que se hicieron sordos a sus llamadas. Dios recurre al castigo como medio para llamar al recto camino a los pecadores sordos.

Sin embargo, la última palabra del Dios justo sigue siendo la del amor y el perdón; su deseo profundo es poder abrazar de nuevo a los hijos rebeldes que vuelven a él con corazón arrepentido.

Pío XII

Cuando Dios castiga, un activo amor es siempre su guía e impulso.

En un momento dado Dios deja caer sobre los individuos y sobre los pueblos pruebas cuyo instrumento es la malicia de los hombres, por un designio de su justicia enderezado a castigar los pecados, a purificar las personas y los pueblos con las expiaciones de la vida presente, para hacerlos volver a sí por tal camino;

 Pío XI

En el poder de juzgar que el Padre concedió al Hijo está también el derecho de premiar y castigar a los hombres.

El Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo. En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio.

Además, debe atribuirse a Nuestro Señor Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse.

San Alfonso de Ligorio

Soportar al pecador que abusa de la misericordia de Dios para ofenderle no sería misericordia, sino injusticia.

Es verdad que la misericordia de Dios es grande, y aún diré más, es infinita; pero la misma justicia divina se opone a que Dios sea misericordioso con los pecadores ingratos y endurecidos que abusan de ella para ofenderle.

Por eso dijo el Señor un día a Santa Brígida: “Yo soy justo y misericordioso; pero los pecadores olvidan lo primero y solamente se acuerdan de lo segundo”. Porque Dios es también justo, como dice San Basilio, y por el hecho de serlo, está obligado a castigar a los ingratos.

El venerable Juan de Ávila decía que el soportar al pecador que abusa de la misericordia de Dios para ofenderle, no sería misericordia, sino injusticia. La misericordia está prometida al que teme a Dios y no al que le desprecia.

La alianza de misericordia con el pueblo elegido es herencia de la Iglesia Católica. Los que Dios espera de los judíos es la conversión.

SAGRADAS ESCRITURAS

San Pedro dice a los israelitas: “arrepentíos y convertíos”.

Pedro dirigió la palabra a la gente: “Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste, con nuestro propio poder o virtud?

El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.

Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas”. (Hch 3, 12-15.19-21)

La alianza con el pueblo elegido fue sustituida por la Nueva Alianza.

Mas ahora a Cristo le ha correspondido un misterio tanto más excelente cuando mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores. Si la primera hubiera sido perfecta, no habría lugar para una segunda. Pero les reprocha: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva; no como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto.

Ellos fueron infieles a mi alianza y yo me desentendí de ellos —oráculo del Señor. […] Al decir alianza nueva, declaró antigua la anterior; y lo que envejece y queda anticuado, está para desaparecer. (Heb 8, 6-9.13).

Cristo declaró abolido el primer régimen para establecer el segundo.

Pues la ley, que presenta solo una sombra de los bienes futuros y no la realidad misma de las cosas, no puede nunca hacer perfectos a los que se acercan, pues lo hacen año tras año y ofrecen siempre los mismos sacrificios.

Por eso, al entrar El en el mundo dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije:

“He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad, pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí”

La Nueva Alianza es más gloriosa y permanece por siempre.

Pío XII Con la muerte de Jesús quedó abolida la Antigua Alianza.

Y, en primer lugar, con la muerte del Redentor, a la Ley Antigua abolida, sucedió el Nuevo Testamento; entonces en la sangre de Jesucristo, y para todo el mundo, fue sancionada la Ley de Cristo con sus misterios, leyes, instituciones y ritos sagrados. Porque, mientras nuestro Divino Salvador predicaba en un reducido territorio tenían valor, contemporáneamente, la Ley y el Evangelio; pero en el patíbulo de su muerte Jesús abolió la Ley con sus decretos (cf. Ef 2, 15), clavó en la Cruz la escritura del Antiguo

Testamento (cf. Col 2, 14), y constituyó el Nuevo en su sangre, derramada por todo el género humano (cf. Mt 26, 28; 1 Cor 11, 25)…

Concilio de Florencia

 Aquel que quiera observar los preceptos legales de la Antigua Alianza peca mortalmente.

La sacrosanta Iglesia Romana, fundada por la palabra del Señor y Salvador nuestro […], firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido Nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los Sacramentos del Nuevo Testamento.

Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas… (Concilio de Florencia, Bula Cantate Domino, 4 de febrero de 1442).

Benedicto XIV

Observar las derogadas ceremonias de la ley mosaica es pecado.

La primera consideración es que las ceremonias de la ley mosaica fueron derogadas por la venida de Cristo y que ya no pueden ser observadas sin pecado, después de la promulgación del Evangelio.

Por lo tanto, la distinción entre comidas puras e impuras proclamada por la Antigua Ley pertenece a los preceptos ceremoniales: esto es suficiente para que se pueda sostener correctamente que aquélla ya no existe y que no es admisible una discriminación entre los alimentos. (Benedicto XIV. Encíclica Ex quo primum, cap. 61, n. 1, 1 de marzo de 1756).

Concilio de Florencia.

Nadie, ni siquiera los judíos, pueden salvarse fuera de la Iglesia.

Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella. (Concilio de Florencia, Bula Cantate Domino, 4 de febrero de 1442).

Santo Tomás de Aquino.

¿Cómo amar al prójimo? No por encima de Dios, ni para pecar, porque así se pierde a Dios.

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. […] A propósito de estas palabras podemos considerar cinco cosas, que debemos observar en el amor al prójimo.

Lo primero es que debemos amarlo verdaderamente, como a nosotros mismos: así lo hacemos si lo amamos por él mismo, no por nosotros. Por lo cual es de observar que hay tres amores, de los cuales dos no son verdaderos, y el tercero sí lo es. El primero es por motivo de utilidad.

En efecto, desaparece al desaparecer el provecho. Y así no queremos el bien para el prójimo, sino que más bien queremos un bien que sea de utilidad para nosotros.

Y hay otro amor que procede de lo deleitable. Y tampoco este es verdadero, porque falta, al faltar lo deleitable. Y así, con este amor, no queremos principalmente el bien para el prójimo, sino que más bien queremos su bien para nosotros.

El tercero es amor porque su motivo es la virtud. Y sólo éste es verdadero. En efecto, de esa manera no amamos al prójimo por nuestro propio bien, sino por el suyo.

Lo segundo es que debemos amar ordenadamente, o sea, que no lo amemos más que a Dios o tanto como a Dios, sino que debes amarlo como a ti mismo. Cant 2, 4: “Él ha ordenado en mí la caridad”.

Este orden lo enseñó el Señor en Mt 10, 37, diciendo: “El que ama a su padre o a su madre más que a Mí no es digno de Mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí”.

Lo quinto es que debemos amarlo justa y santamente, de suerte que no lo amemos para pecar, porque ni a ti has de amarte así, porque así perderías a Dios. Por lo cual dice Jn 15, 9: “Permaneced en mi caridad”, caridad de la que dice el Eclo, 24, 24: “Yo soy la madre del amor hermoso”. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 49-51.55).

San Agustín de Hipona.

 Ningún pecador debe ser amado en cuanto es pecador.

Vive justa y santamente el que estime en su valor todas las cosas. Éste será el que tenga el amor ordenado, de suerte que: ni ame lo que no deba amarse, ni deje de amar lo que debe ser amado, ni ame más lo que se debe amar menos, ni ame con igualdad lo que exige más o menos amor, ni ame, por fin, menos o más lo que por igual debe amarse.

Ningún pecador debe ser amado en cuanto es pecador. A todo hombre, en cuanto hombre, se le debe amar por Dios y a Dios por sí mismo. (San Agustín de Hipona. Sobre la Doctrina Cristiana, L. I, c. 27, n. 28).

Eclesiástico 16

11 Aunque sólo hubiera un rebelde, sería asombroso que quedara impune; pues el Señor sabe compadecerse y también castigar, es poderoso cuando perdona y cuando se indigna. 12 Tan grande como su misericordia es su severidad, y juzga al hombre según sus obras.

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