Reseña histórica de la Cátedra de San Pedro.

El 22 de febrero se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro, una ocasión solemne que se remonta al cuarto siglo y con la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro.

La festividad litúrgica de la Cátedra de San Pedro subraya el singular ministerio que el Señor confió al jefe de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe.

Dijo el Papa San Juan Pablo II; “Recemos para que la Iglesia, en la variedad de culturas, lenguas y tradiciones, sea unánime en creer y profesar las verdades de fe y de moral transmitidas por los apóstoles”.

La cátedra es en realidad el trono que Carlos el Calvo regaló al papa Juan VIII y en el que fue coronado emperador el día de Navidad del año 875. Carlos el Calvo era nieto de Carlomagno. Durante muchos años la silla fue utilizada por el papa y sus sucesores durante las ceremonias litúrgicas, hasta que fue incorporada al Altar de la Cátedra de Bernini en 1666.

Todos los años en esta fecha, el altar monumental que acoge la Cátedra de San Pedro permanece iluminado todo el día con docenas de velas y se celebran numerosas misas desde la mañana hasta el atardecer, concluyendo con la misa del Capítulo de San Pedro.

Fuente: VIS – Servicio Informativo Vaticano

 

Anuncios

LA CONFESIÓN Y LOS LAZOS DEL DEMONIO.

El día cuatro de abril 1869, Don Bosco contó el siguiente sueño a todos los jóvenes reunidos en el estudio después de las oraciones de la noche:
«Me encontraba cerca de la puerta de mi habitación, y al salir miro a mi alrededor y me veo en la iglesia en medio de una muchedumbre tal de jóvenes que el templo aparecía completamente abarrotado.
Estaban allí los alumnos del Oratorio de Turín, los de Lanzo, los de Miraballo y otros muchos a los cuales no conocía. No rezaban, sino que parecía que se estaban preparando para confesar.
Una cantidad inmensa de ellos asediaba mi confesionario esperándome debajo del pulpito.
Yo, después de haber observado un poco, me puse a considerar cómo conseguiría confesar a tantos muchachos.
Pero después temí estar dormido, soñando, y para cerciorarme de que no lo estaba comencé a palmotear y sentía el ruido, y para asegurarme aún más alargué el brazo y toqué la pared, que está detrás de mi pequeño confesionario. Seguro ya de que estaba despierto, me dije:
—Ya que estoy aquí, confesemos— y comencé a confesar.
Pero pronto, al ver a tantos jóvenes, me levanté para ver si había otros confesores que me ayudasen; y no encontrando a ninguno, me dirigí a la sacristía en busca de algún sacerdote que quisiese escuchar confesiones.
Y he aquí que vi por una parte y por otra a algunos jóvenes que tenían una cuerda al cuello que les apretaba la garganta.
—¿Por qué tienen esa cuerda al cuello? Quítensela —les dije—. Pero sin responderme se quedaban mirándome con fijeza.
—Vamos —repetí a alguno—, quítate esa cuerda.
El joven al cual yo había dado esta orden obedeció, pero después me dijo:
—No me la puedo quitar; hay uno detrás que la sujeta.
Venga a ver.
Volví entonces la mirada con mayor atención hacia aquella multitud de muchachos y me pareció ver sobresalir por detrás de las espaldas de muchos de ellos dos larguísimos cuernos.
Me acerqué un poco más para ver mejor y dando la vuelta por detrás del que tenía más cerca, vi un horrible animal de hocico monstruoso, forma de gatazo y largos cuernos, que apretaba aquel lazo.
La bestia aquella bajaba el hocico y lo escondía entre las patas delanteras, y se encogía como para que no le viesen. Yo me dirigí al joven víctima del monstruo y a algunos otros preguntándoles sus nombres, pero no me quisieron responder; al preguntarle a aquel feo animal se encogió aún más. Entonces dije a un joven:
—Mira, ve a la sacristía y dile a Don Merlone que te dé el acetre del agua bendita.
El muchacho volvió pronto con lo que yo le había pedido, pero entretanto yo había descubierto que cada uno de los jóvenes tenía a sus espaldas un servidor tan poco agraciado cómo el primero y que, éste, también procuraba pasar desapercibido. Yo temía aún estar dormido. Tomé entonces el hisopo y pregunté a uno de aquellos gatazos:
—Dime: ¿quién eres?
El animal, que no dejaba de mirarme, alargó el hocico, sacó la lengua y después se puso a rechinar los dientes como en actitud de arrojarse sobre mí.
—Dime inmediatamente qué es lo que haces aquí ¡bestia horrible! Ya puedes enfurecerte todo lo que quieras, que no te temo. ¿Ves? Con esta agua te voy a dar un buen baño.
El monstruo me miraba como agazapado; después comenzó a hacer contorsiones con el cuerpo de tal forma, que las patas de atrás le llegaban a tocar los hombros por delante. Y nuevamente quiso arrojarse sobre mí. Al mirarlo detenidamente vi que tenía en la mano varios lazos.
—¡Vamos! Dime qué es lo que haces aquí.
Y al decir esto, levanté el hisopo.
El bicho entonces pareció resuelto a emprender la huida.
—No te escaparás —continué diciendo—, yo te ordeno que te quedes aquí.
Lanzó una especie de gruñido y después me dijo:
—¡Mira!—, y me enseñó los lazos.
—Dime qué son esos tres lazos —añadí—, ¿qué significan?
—¿No lo sabes? Desde aquí —me dijo— con estos tres lazos obligo a los jóvenes a que se confiesen mal; de esta manera llevo conmigo a la perdición a la décima parte del género humano.
—¿Cómo? ¿De qué manera?
—¡Oh! No te lo diré porque tú lo descubrirás a ellos.
—¡Vamos! Quiero saber qué significan estos tres lazos.
¡Habla! De lo contrario te echaré encima el agua bendita.
—Por piedad, envíame al infierno pero no me eches ese agua.
—En nombre de Jesucristo, habla pues.
El monstruo, contorsionándose espantosamente, respondió:
—El primer modo con que aprieto este lazo es, haciendo callar a los jóvenes los pecados en la confesión.
—¿Y el segundo?
—El segundo, incitándoles a que se confiesen sin dolor.
—¿Y el tercero?
—El tercero no te lo quiero decir.
—¿Cómo? ¿No me lo quieres decir? Entonces te rociaré con agua bendita.
—No, no; hablaré —y comenzó a gritar desaforadamente—.
¿Cómo? ¿No te basta? ¡Ya te he dicho demasiado!, —y tomó a enfurecerse—.
—Quiero que me lo digas para comunicárselo a los Directores.
Y repitiendo la amenaza levanté el brazo. Entonces comenzó a despedir llamas por sus ojos y algunas gotas de sangre y dijo:
—El tercero es no hacer propósito firme y no seguir los avisos del confesor.
—¡Bestia horrible!—, le grité por segunda vez, y mientras quise preguntarle otras cosas e intimarle a que me descubriera la manera de remediar un tan gran mal y hacer vanas todas sus artimañas, todos los demás horribles gatazos que hasta entonces habían procurado pasar desapercibidos, comenzaron a producir un sordo murmullo, después prorrumpieron en lamentos y gritos contra aquel que había hablado provocando una sublevación general.
Yo, al contemplar aquella revuelta y convencido de que no sacaría ya ventaja alguna de aquellos animales, levanté el hisopo y arrojando el agua bendita sobre el gatazo que había hablado:
—¡Ahora, vete!—, le dije. Y desapareció.
Después eché agua bendita por todas partes. Entonces, haciendo un grandísimo estrépito todos aquellos monstruos se dieron a una precipitada fuga, unos por una parte, otros por otra. Y al producirse aquel ruido me desperté y me encontré en mi lecho.
¡Oh, queridos jóvenes, cuántos de los que yo jamás había sospechado, tenían el lazo y el gatazo en las espaldas! Ya saben qué simbolizan esos tres lazos.
El primero, que sujeta a los jóvenes por el cuello, simboliza el callar pecados en la confesión. El lazo les obliga a cerrar la boca para que no se confiesen del todo: o bien para que digan de ciertos pecados que cometieron cuatro veces que solamente incurrieron en ellos tres.
El que tal hace, falta contra la sinceridad de la misma manera que el que calla pecados. El segundo lazo es la falta de dolor; y el tercero la falta de propósito.
Por tanto, si queremos romper estos lazos y arrebatarlos de las manos del demonio, confesemos todos nuestros pecados y procuremos sentir un verdadero dolor de ellos y hagamos un firme propósito de obedecer al confesor.
Aquel monstruo, poco antes de montar en cólera, me dijo también.
—Observa el fruto que los jóvenes sacan de las confesiones. El fruto principal de ellas debe ser la enmienda; si quieres conocer si yo tengo a los jóvenes sujetos con los lazos, observa si se enmiendan o no.
Debo añadir que quise también que el demonio me dijera por qué se ponía detrás, sobre las espaldas de los jóvenes, y me respondió:
—Para que no me vean y poderlos arrastrar más fácilmente a mi reino.
Pude comprobar que los que tenían detrás aquellos monstruos eran muchísimos, más de los que yo hubiera sospechado.
Den a este sueño el alcance que quieran, lo cierto es que he querido observar y comprobar si era cierto cuanto he soñado y he sacado como consecuencia que todo era una verdadera realidad.
Haced una buena Confesión y una santa Comunión. Hagamos lo posible por vernos libres de estos lazos del demonio.»
Memorias Biográficas de Don Bosco. Volumen 9. Capítulo 47.
.
Canción CORAZÓN DESBORDANTE
Zona de los archivos adjuntos